4 de marzo de 2014

La perfección:

Adjetivo molesto que insiste siempre en invertir idealizaciones cuando en realidad nada está de menos, y mucho menos, nada está de más. Como por ejemplo, la ventana abierta de esta casa sucia, y tus pies sucios que ignoro por bondad a mis sábanas lilas.... la ventana abierta: la lluvia mansa, la gata que por ser un poco más terca sale desafiando el estereotipo felino y yo que escribo, una vez más, en un nuevo cuaderno, que seguramente terminará apilado -sujeto a posterior revisión y dictamen de desecho por exceso de adolescentismo o té de vainilla o cereales con miel - 

 Y la ventana abierta, me olvidaba: recostar la espalda en los almohadones que me regaló mi abuela (almohadones hechos de repasadores en oferta de vaya a saber uno qué bazar y vaya a saber uno también a qué cabeza se le juntan las nociones de repasadores y almohadón en un acción de 'entra aguja, sale aguja, piso pedal, máquina cosedora' y no sé que otra cosa más)


 Entonces. La espalda apoyada en los repasadores, el té que adivinaste con dos cucharaditas de azúcar -cucharaditas de azúcar como tus ojos acucharados, acuchillados, avidrientados y brillosos- un libro de esos que para mi son como el padrenuestro... 


 y pensar en la perfección. 


 La de tu rostro calculado milimétricamente para el desastre, remendado y salido a la pista otra vez con gesto de segura revancha y sonrisa de criatura con buen corazón. Tus manos ya no pudiendo evitar a Kundera - suspiro - tu panza cruje como dándome las gracias por la comida de hoy... Y de repente mis miopes ojos chocan con la pared del comando radioeléctrico que me tapa el cielo pero aún oigo la lluvia, siento el fresco en los pies y en eso escucho un sonidito que me descarga a la tierra: scrach scrach, sos vos rascándote la barba.

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